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¿Qué es lo primero que pasa por tu mente cuando escuchas “un millón de gusanos”?

Esto es insoportable, la idea y la realidad, la realidad y el terror: un millón de gusanos, gusanos babosos, verdes, casi sin peso pero tan pesados en conjunto, que van, amarillos, que vienen, fosforescentes, que buscan, sonrosados, que reptan sobre mi cuerpo, hacia ningún lado, norte sur este oeste, hacia todas partes sin descanso. Se trata de una invasión sin cartas geográficas, sin directrices o comandantes, sin cartas de declaración de guerra.

 

Un ejército de bichos diminutos que saben de su trabajo; que avanzan con sus cuerpos pegajosos sobre mi piel entera; su rumbo me hiere, me rompe, me altera, soy parte de su dieta… Me maltratan, pues muerden, mastican, buscan, rasgan la piel y penetran; yo soy la materia prima (fuente nutricia) de su monstruosa alimentación y ellos se divierten trabajando con sus mentales cantos milenarios y provocan el hilo con el que me van enrollando.

Poco a poco, primero uno, unos cuantos, luego cientos de metros se transforman en kilómetros de hilos blancos, verdes, naranjas, hasta que todo yo, soy un capullo, una enorme pesadilla.

Es tal el terror que me desespero y grito envuelto en un miedo tan grande que me provoca un cambio: he abierto los ojos, descubro que no soy oruga; respiro aliviado, todo ha sido una contrariedad y ellos no quieren convertirme en lepidóptero de alas membranosas, únicamente están devorándome y yo, solo soy un difunto de varios días, reposando en el interior de una caja de madera, en algún lugar de un cementerio de lápidas frías; tan solo el difunto de un muchacho, con extrañas y bichosas pesadillas…

Arturo Morán

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