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¿Qué es lo primero que llega a mi cabeza, cuando leo “un millón de gusanos”?

Te diré qué es lo primero que llega: llega a mi cabeza la imagen junto con la canción de Comfortably numb de Pink Floyd, aquella donde el adulto Pink se muestra desahuciado en su propia vida miserable, donde lo único que puede salir bien es que aquellos “gusanos” se coman toda su resistencia para tener un gran cambio, toda esa materia fétida putrefacta que su mente le proporciona. Aquella en la que me veo reflejada. 

Tan húmedo, tan adentro, abriendo y mutilando. No negaré que esto que hoy son millones de gusanos, rasgando y tragando mis intestinos, eran lo que unos y otros llaman mariposas.  Me preguntó ¿Sientes mariposas? respondí no.

Mariposas

Sentir mariposas en el estómago, siempre ha sido un capricho. Cada una de las mujeres que he tenido, las que me regalan su aliento; su último aliento, sienten eso que tanto anhelo, sienten ese vivo cosquilleo, que al parecer; para mí, siempre será muerto. Las observo por la ventana y empiezan a volar ¡No! no con cualquiera vuelan, tiene que ser la indicada. Ellas deben manifestar que ya vuelan en sus vientres. Observo ese brillo, sus sonrisas, el caminar bailante, parecen felices, sus rostros blancos y blandos me inspiran a morderlos, como un pastel ¡Sí! así a grandes mordidas… ¡Grandes pedazos!     

Esto es insoportable, la idea y la realidad, la realidad y el terror: un millón de gusanos, gusanos babosos, verdes, casi sin peso pero tan pesados en conjunto, que van, amarillos, que vienen, fosforescentes, que buscan, sonrosados, que reptan sobre mi cuerpo, hacia ningún lado, norte sur este oeste, hacia todas partes sin descanso. Se trata de una invasión sin cartas geográficas, sin directrices o comandantes, sin cartas de declaración de guerra.

Es imposible, pienso en un principio, son demasiados gusanos. Luego viene a mi mente una masa enorme de cuerpos alargados, delgaditos y rojizos, como una  madeja del espagueti de mi mamá, una madeja viva, que repta, se retuerce, que caga, que come, que termina devorándote.

A Laurita la conocí en la universidad, ella entrando, yo saliendo. Era guapa, cabello negro, piel blanca, ojos amarillos de gato y las nalgas más hermosas que he tocado en toda mi vida, esculpidas en años y años de salones de gimnasia. 18 años cumplidos y al principio, todo fue como un sueño. Pero, como siempre, hubo un defecto. Ella buscaba un príncipe, con espada, corcel y corona. Yo solo tenía coronas, victorias, indios y tecates. Por eso no funcionó. Después de plantarla por quinta o sexta vez, fuimos al cine, y ya de regreso, armándome de valor, le dije que no volvería a buscarla. –Ya lo sabía-, me dijo. Se bajó del auto, se metió a su casa, y así nomás, salió de mi vida.

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